El pasado sábado 31 de enero, ante 4000 personas en la Sala Multiusos del Auditorio de Zaragoza, Juanjo Bonapuso fin a su primera gira en solitario, «Tan Mayor y Tan Niño», con una noche que fue, casi al mismo tiempo, celebración, consagración y enigma para su futuro artístico.
«Esta gira ha sido un sueño hecho realidad gracias a cada persona que habéis formado parte de ella, ya sea viniendo a los conciertos, apoyando desde vuestras casas, de donde seáis y con todo el amor con el que lo habéis hecho. Cada concierto ha sido único, no ha habido ni un día que no haya salido precioso, sea con la gente que sea. Hoy estamos aquí 4000 personas, pero ha habido de todo, nos hemos recorrido España de punta a punta. Nunca me hubiera imaginado que hubiese gente que se emocionara escuchándome cantar» – decía Juanjo emocionado sobre el concierto.

Pocos artistas emergentes pueden permitirse clausurar su primer gran recorrido con un espectáculo de esta escala, con una producción ambiciosa y un relato emocional cuidadosamente construido. La actuación marcó no solo la culminación de un itinerario por teatros y auditorios españoles, sino también el punto de reflexión sobre cómo un artista emergente sólido equilibra autenticidad, tradición y espectáculo en un momento de enorme visibilidad.
Una gira que ha construido identidad
Lo que comenzó en marzo de 2025 como la presentación del debut Recardelino acabó convirtiéndose en 34 conciertos por todo el país, muchos con entradas agotadas o ampliaciones de sala, testimonio de una demanda creciente que fue del folclore local a una audiencia nacional e incluso internacional.
El recorrido por teatros de todo el país ha sido más que una sucesión de conciertos: ha sido el laboratorio donde Juanjo ha afinado su lenguaje. Su propuesta partía de un riesgo evidente: convertir una tradición muy marcada en discurso generacional.
En palabras del propio artista: «[…] habéis apoyado algo que jamás me hubiera imaginado que nadie apoyara. Ni siquiera yo mismo quería elegir este camino y al final cuando algo tiene que ser, es».
La gira ha demostrado que ese riesgo no solo era viable, sino que conectaba con públicos diversos, desde oyentes jóvenes hasta espectadores que reconocen en su música una herencia cultural recontextualizada.
En Zaragoza, esa identidad se presentó sin complejos. El concierto no escondió su raíz; la convirtió en eje narrativo. Y ahí radica uno de sus mayores aciertos: Juanjo no utiliza el folclore como ornamento estético, sino como columna vertebral rítmica y emocional.
Energía y conexión con el público: el pulso del directo
Desde los primeros compases del concierto, quedaba claro que Juanjo y su público compartían algo más que canciones: una conexión visceral e intensa. La sala vibró con himnos de su repertorio, desde clásicos de Recardelino como «Moncayo», «Villano» o «Virgen de Magallón» hasta esos momentos emotivos (como el final con «Últimamente» y «Mis Tías») que solo un público entregado puede ofrecer. Tal entrega generó instantes donde las letras se coreaban al unísono, no por hábito, sino por identificación: como si cada canción fuera un himno colectivo.
Juanjo se movió con una seguridad escénica notable para un artista en su primera gran gira: control del tempo del espectáculo, manejo de silencios y capacidad para modular la intensidad emocional de la sala.
Complicidad a través de las melodías
El tramo central de la noche estuvo marcado por colaboraciones con artistas invitados, cada una con momentos memorables en los que se creó una sinergia especial a través de cual el protagonismo se dividió y el escenario tembló con las voces compartidas.

La aparición de Chiara Oliver para interpretar «Golondrinas» fue uno de los momentos más sinceros y delicados de la noche. No se trató solo de una colaboración vocalmente afinada —que lo estuvo— sino de una escena de complicidad real. Sus voces encajaron con naturalidad, sin necesidad de forzar armonías espectaculares. La emoción que recorrió la sala vino más de la historia compartida entre ambos que del artificio escénico. Fue un instante íntimo dentro de un concierto multitudinario: la amistad convertida en lenguaje musical.

Con Fresquito y Mango, en cambio, el concierto viró hacia la explosión festiva. «Mándame un audio» transformó la Multiusos en una pista de celebración inmediata. El trío generó una descarga de energía que levantó al público, pero también evidenció un contraste estilístico. Funcionó como catarsis, como válvula de escape.

El momento compartido con Martin Urrutia fue probablemente uno de los momentos más íntimos y cohesionados de la noche. «El destello» —colaboración de ambos— y su remix no se sintieron como una interrupción del concierto, sino como algo esperado. Ambos artistas construyeron una dinámica de espejo: voces que se responden, miradas cómplices, una tensión contenida que no necesitó sobreactuación. Aquí apareció una sinergia escénica que amplificó la canción sin convertirla en espectáculo accesorio. Fue un ejemplo de colaboración que suma sin descentrar.

La entrada de Eva Amaral introdujo una dimensión simbólica inevitable. «Toda la noche en la calle» no fue solo una versión: fue un puente generacional entre dos artistas zaragozanos de contextos distintos. La interpretación evitó la reinvención y apostó por el respeto melódico. Amaral aportó presencia y autoridad vocal; Bona respondió con entrega emocional. El riesgo de quedar eclipsado por una figura consagrada estuvo ahí, pero lo transformó en homenaje compartido.
El cierre coral de «Últimamente», con voces como las de Pepo Flores o Alizia Romeo entre otras muchas, transformó el concierto en ritual comunitario. Más que una actuación, fue una escena de pertenencia: amigos, compañeros y referentes compartiendo espacio. Y la despedida con «Mis tías» junto al grupo folclórico Zierzo —que lo acompañó toda la noche— devolvió el eje del espectáculo a su raíz. Allí el protagonismo ya no era individual, sino cultural. Juanjo no cerró la noche como estrella pop, sino como transmisor de tradición.
Una trayectoria ascendente
Este fin de gira ha cerrado una etapa de crecimiento personal y artístico evidente. Juanjo ha recorrido el país defendiendo un proyecto valiente, profundamente identitario, que ha logrado calar en un público ya fiel. Ha demostrado que la tradición puede ser contemporánea y que la autenticidad no está reñida con una producción exquisita.

El cierre de gira no fue una meta: fue el arranque de una expectativa. Y pocas veces un primer final ha sonado tan convincente.
Ahora, se sabe que Juanjo está centrado en su nuevo proyecto y ha dejado entrever que este cierre es solo una pausa en cuanto a directos, pero no a trabajo. Ha mencionado que está componiendo desde un lugar más íntimo, atravesado por el amor de todo tipo y por una mirada más consciente sobre la vida. A la vez, su curiosidad musical se ensancha: quiere dialogar con otros folclores, explorar texturas y ritmos que amplíen su raíz aragonesa sin diluirla, buscando un lenguaje más híbrido y personal. Si algo ha demostrado esta primera etapa es que tiene discurso y valentía para sostenerlo. Y, sobre todo, que todavía le queda mucho por decir —y por cantar— en formas que apenas empieza a intuir.



